¿Por qué me pone nerviosa el concepto de Periodismo Sostenible?

Hacía tiempo que un concepto no me dejaba abiertos los ojos como platos durante horas, así como la lengua preparada para soltar miles de improperios. Y sí debo decir que Ignacio Escolar y sus compañeros lo consiguieron con su vídeo en búsqueda de suscriptores. Había muchos elementos en tal vídeo que te pueden parecer reprobables (como la tendencia que tenemos los periodistas de meternos en una torre inmaculada de ética enlatada mientras narramos cómo son las existencias de ese pueblo que sufre, sin mancharnos un poco con la miseria del mundo). ¡Cómo nos gusta hablar y escucharnos! Decirnos unos a otros, a España le pasa esto, a Bankia lo otro y a los ciudadanos nos parece… (Usamos el plural mayestático por mera cortesía, no es que nos sintamos para nada ideologizados o engañados como el resto del pueblo llano, porque todos debéis entender que con la licenciatura y el puesto nos dan un lugar en primera línea delante de la estrella de la razón trascendente… sí… para eso pagamos las tasas). Teniendo las dos siguientes ideas muy claras podréis entender la dificultad de no cortocircuitar el verdadero debate ciudadano por parte de nuestros medios y periodistas:

  • Los periodistas somos gente  más ética que el resto.
  • Los periodistas no estamos ideologizados, y en el caso de estarlo sólo desde una perspectiva de instrumento para la categorización del mundo cognitivo en el lugar que le corresponde, no hay sueño dogmático posible. (Sí, somos así de guays, pensamos que la ideología es como una camisa, te la puedes poner y quitar y aun así seguir conociendo el mundo, y algunos incluso postulan por un periodismo sin ideología y luego les gritan a otros dogmáticos, yo la verdad prefiero no pronunciarme sobre quién está más drogado [por opio claro] o confundido)

Desde nuestra torre racional analizamos el mundo. Esa torre racional es algo así como el ojo de Sauron porque allí vemos el ojo del mal desde la línea del mal, pero para hacer el bien. Sí, habéis llegado a la conclusión exacta, los periodistas somos héroes superpoderosos, porque sólo con superpoderes lo anterior y esto sería posible. Y sólo con superpoderes podría entenderse un vídeo como el del Diario.

A ver,  Ignacio Escolar y su séquito, periodistas progres de izquierdas, que en teoría defiende la necesidad intrínseca del derecho a la información del ciudadano en democracia como único elemento que genera una posible conexión entre política y pueblo, articula la idea de Periodismo sostenible. A primera vista pareciera un término progre, ecológico, y casi postmoderno, o sin el casi, postmoderno. Pero en cuento lo escuchas dos veces empieza ( al menos a mí me pasa) a salir una especie de urticaria sobre la idea de Periodismo que lo deja tocado y hundido, al mismo nivel que el estado del bienestar ha perecido bajo esa idea de sostenibilidad y austeridad.

La RAE (sacrosanta institución de gran relevancia para saber cuándo, periodista intrépido, debes usar anglicismos o no) define sostenible de la siguiente manera:

1. adj. Dicho de un proceso: Que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes.

La RAE, institución falocrática (contemos el número de mujeres) de un oportunismo político inconsciente pero muy pensado, y cuyo mayor mérito reconocido por todos los periodistas es la creación del concepto bolaspa con la que se define la incorrección gramatical y/o ortográfica, normalmente no tiene grandes posturas que añadir a este tipo de debate (ni debiera por mucho que ellos se empeñen en lo contrario). Pero hoy ante esta definición, debo decir que estoy especialmente contenta con esta institución, ¡Gracias a todas las letras, desde las mayúsculas a las minúsculas de la A a la Z, me habéis dado el argumento perfecto!

El periodismo, según Ignacio Escolar, debe poder mantenerse por sí mismo, sin ayudas exteriores, y además debe ser productivo en términos económicos para no caer en el déficit o ser (oh, terror) los subalternos de otras estructuras de producción de las grandes macrocorporaciones que suelen dedicarse a editar y a producir los medios. Y entonces, para no rendirnos ante esa dependencia, debemos buscar nuevos modelos de negocios (esa palabra mágica que a día de hoy lo soluciona todo, ser EMPRENDEDOR) que hagan que estos medios sean sostenibles en el contexto de las nuevas tecnologías. La idea de sostenible implica, que en el caso de que no lo sea (algo no sólo posible, sino que por el número de EREs que acosan a los grandes medios es más que un hecho) no sería ilícito que dejara de existir esta figura que no es productiva, que no es un buen modelo de negocio y que los intereses privados no se deben ver obligados a mantener.

Y entonces, aquí entramos en el aburrido (o frenético y entusiasta) debate que todo estudiante de periodismo (no olvidemos candidato para héroe con superpoderes) ha tenido que tener en todas sus clases durante toda la carrera:

¿Qué pasaría si el Estado tuviera la obligación de financiar a la iniciativa privada mediática para mantener una pluralidad de voces de facto y evitar que se desarrollaran monopolios monocognitivos del imaginario político español?

Debo decir que aquí la respuesta siempre tendía a ser la preferencia por la no legislación. El Estado no debe meterse en el periodismo. Idea que se ocupó muy bien de defender el diario El País desde su fundación, y que siguieron perpetuando el resto de medios. ¿En qué beneficia eso al ciudadano y al periodista? Pues según innumerables superhéroes progres con superpoderes congnitivos (véase la entrevista de Ana Pastor a Correa del año  pasado) en todo. Y lo argumentaban desde el mal pasado franquista (argumento que sólo usan los neoliberales cuando les interesa, debo decirlo, por lo que resulta algo ridículo que estos progres también tengan la tentación de caer en él).

¿Y en qué beneficia realmente? En nada porque precisamente lo que ocurre es eso. La ideología en cuestión económica siempre suele inclinarse por el lado de la balanza neoliberal, por lo tanto un diario que defienda este imaginario tendrá más posibilidades de encontrar financiación, que aquel que defienda (de un modo naif o no) una perspectiva liberal y de solidaridad como fundamento del estado democrático.

Pongamos la vista en Francia. Ellos legislan el derecho a la información con leyes intervencionistas. Limitan la tasa de difusión de ciertos conglomerados empresariales e intentan que todas las voces tengan una mínima difusión (esta es la letra de la ley, que de facto no sea más que letra ya es otro debate). ¿Sería Francia un estado con déficit democrático como insinuaba Ana Pastor a Correa que era Ecuador? ¿Es Francia un país cuyo CNRS (CSIC francés) desarrolla durante periodos de elecciones estudios sobre el tratamiento político que se hace en los distinto medios durante la campaña electoral  a partir de la visita de investigadores a estas redacciones (siempre y cuando éstas acepten), un país con déficit democrático? Debo confesar que disfruto enormemente imaginando la llamada de un investigador del campo comunicativo del CSIC a Maruenda pidiéndole estar como observador en su redacción durante la campaña electoral, pero que aún disfruto más imaginando la reacción ante esa llamada de Samoano (director del ente público) o la de Cebrián (director de El País, ese periódico de izquierdas). ¡Su grito en el cielo tendría dimensiones estratosféricas!

Como no me encuentro en posición de responder a esa pregunta, iré a donde quería llegar. Hablar de Periodismo Sostenible en una impostura en sí misma dentro de un sistema democrático, pero que encima lo haga un periódico que se anuncia como de izquierdas hace que la impostura se eleve al cubo. El Periodismo en una democracia no debe ser sostenible o no, DEBE SER, simplemente. Y si al capital no le interesa que sea, el Estado debería tener la obligación de que, o bien, al capital le interesara que fuera, o bien le obligara a que fuera. Debo añadir que conozco la legislación española en esta materia, y sé que el Estado tiene la obligación de crear medios públicos cuando la iniciativa privada no se ocupe de ello en determinados campos de difusión. Pero conociendo la evolución de nuestro magnífico ente público, y su para nada politización, permitidme que me encuentre recelosa ante el hecho de que esta legislación cubra los silencios informativos.

Dicho esto, me pronuncio: señores legislemos sin ambigüedades el derecho a la información, legislemos sobre el derecho a la difusión de las ideas sumergidas, porque es legislar en contra del silenciamiento (ése que Rawls o Kymlicka veían como un ataque a los derechos fundamentales de los individuos). Y ya que nos ponemos a legislar en contra del silenciamiento y de la distorsión, legislemos sobre los derechos laborales del periodista, sobre sus condiciones de acceso a tal puesto, sobre su salario mínimo y creemos un colegio nacional de Periodistas, donde quien esté ahí, quien ejerza como tal tenga un mínimo de conocimientos sobre el contexto informativo (para nada sencillo) que toca analizar en toda democracia. Y esta licencia, este acceso al colegio de periodistas, se debería conseguir a partir de unos títulos y no de otros: Licenciatura en Ciencias de la Información, en Periodismo y en Comunicación Audiovisual (o sus consecuentes Grados).

Y ya que seguimos legislando sobre esto, también deberíamos extirpar de los planes de estudios de Periodismo esa absurda idea de que un periodista sólo necesita conocimiento instrumental. Porque yo como periodista, a diferencia de Jon Sistiaga (véase esta entrevista en Jot Down) (sí ese otro proge) considero que un periodista sí que necesita una formación académica y ética fuerte de base. La estética y la ética no pueden salirse de la formación del sujeto que intenta analizar el imaginario de una sociedad y explicárselo al resto, con mayor o menor atino, pero ésa es su función: difundir el imaginario del poder de tú a tú.Y esto sólo se consigue  desterrando la estúpida idea de que somos héroes. No somos héroes, cumplimos una función ética fundamental en un estado de derecho y nos pagan por ello, o deberían (como al profesor o al médico). Pero no somos héroes, y en el momento en que alguno aspiráramos a serlo deberían quitarnos nuestra dichosa licencia (ésa que no existe), porque de ahí a la megalomanía y a la connivencia con las ideas neoliberales de la empresa informativa hay un paso. Si no, ¿de dónde viene esa necesidad continua de convertirnos en marca? ¿A quién beneficia? ¿ al ciudadano, o a nuestro bolsillo y al de la cabecera?

Legislemos señores, legislemos.

(Y  si alguien viene respondiendo que hay que adaptarse al sistema o morir de hambre, bien debatamos sobre cómo cambiar el sistema, aún no hay una tasa impositiva sobre la libertad de expresión). Debatamos señores, debatamos.

Ignacio, de verdad que te respeto, pero el Periodismo Sostenible no puede ser la salida ante un sistema que lo que necesita es una nueva construcción desde la base. Ante un sistema que no necesita a los medios, y que no quiere a los medios, o que sólo quiere a sus medios. No podemos dialogar, no cabe el diálogo con el capitalismo, lo siento, reconozcámoslo.  Y este instrumento del estado de derecho (Periodismo)  no merece que lo pisoteemos de nuevo haciendo que en un medio de izquierdas se sume a la consigna de lo sostenible, al igual que no lo merce ni la sanidad, ni la educación, ni la justicia. Si para ellos suena fascista, para el periodismo también debería sonar así.

Cuando la corriente te arrastra

Es en tiempos de crisis cuando el individuo se ve afectado por un sentimiento de desesperación que perturba, directa e indirectamente, su capacidad crítica. Y es en ese momento cuando se deja llevar por un movimiento cada vez más generalizado y extendido, donde la mente se colapsa, y en parte se anula, para dejar paso a las corrientes de pensamiento dominantes, que están siempre al acecho para atacar como un depredador que espera paciente a su presa. Llegado a este punto, el hombre empieza a navegar por páginas y páginas en blanco desde donde comienza su aventura, camina paso a paso por un trayecto que parece no tener final, pero que lleva hasta un campo de trigo, lo que parece una pradera dorada. De repente algo cambia de color el paisaje, ha aparecido una amapola. Una mancha roja en un campo de oro. Un sujeto que no se deje llevar por la corriente pensante. Lo que antes eran unos pocos “rebeldes” se fue convirtiendo, en un periodo breve de tiempo, en una sociedad que no se deja dominar por aquellos que se debaten en el poder, pasa a ser una sociedad crítica, y eso, aunque sólo sea un poco molesto, es un cuchillo en el costado de la masa dominante. Se ha convertido en esa mota de polvo que se mete en el ojo y tanto incordia. Y mientras una gran parte de la sociedad se deja arrastrar por el pesimismo que tantos se empeñan en predicar y que otros tantos quieren ocultar (a la vez que el poder maneja a los grandes medios a su antojo para que cuenten lo que a ellos les interesa, dentro y fuera de sus fronteras), otros no se prestan a ello y prefieren tirar de una cultura milenaria y rica que cada vez es más escasa.

Pero entre tanta inundación de información colapsada, el agua de la orilla se filtra por los resquicios que encuentra a su paso. No por ello hay que retirarse, barca y remos esperan, elementos que ayudarán a navegar dentro del tumulto social. Poco a poco se puede ver cómo los individuos que nos rodean, ya sea por costumbre, por vaguedad, o por simple indiferencia, se dejan llevar por la corriente de ideas dominante, sin adquirir posición crítica alguna, el boca a boca lleva hacia el punto más simple de la banalidad y la irresponsabilidad, abocados a los instintos primarios del ser humano donde la bestia domina a la razón, movida por la irresponsabilidad más salvaje. Las segregaciones de la masa común intentan hacerse con la embarcación, las organizaciones corruptas se convierten en líderes de opinión que aprovechan el sentimiento compartido para atraer a más personas hacia su seno, ya que el poder tiene diversas caras, la jerarquía nunca cede, las élites viven en su entramado de redes apocalípticas y bien formadas donde esperan a que cualquier ciudadano sea esa mosca que cae en la tela de araña que ellos han tejido, cualquier fisura será rápidamente averiada, con la aniquilación de ese pequeño pero reparable desastre de protesta. Y aunque parezca increíble, las élites del poder siguen siendo las mismas que en el medievo, esas esfinges que manipulan desde lo alto y se erigen como hacedores de la divinidad bien avenida, por haber sabido ver el filón cuando otros no supieron, pero que se mantienen en su sillón mientras llenan esos bolsillos repletos de retales y que parecen no romperse, aunque los ajustes hayan minado sus ansias de narcisismo. El conformismo de la ciudadanía, que en muchas ocasiones echa la vista a otro lado por no gritar, hace que la masa se crezca y absorba ese modelo estándar que a veces tan odiado es. Sin embargo, nadar a contracorriente es algo cada vez más común, el saco está a punto de romperse, la paciencia se acaba.

A menudo el cielo está sesgado por las nubes y las continuas cortinas de humo lanzadas por el que bien sabe manejarlas para desviar la atención de los verdaderos problemas existentes. Sin embargo, el individuo está empezando a vislumbrar ciertos fallos entre tanto engaño. Que una mente pensante pueda plantearse un debate que ellos no han lanzado duele, algo están haciendo mal, les gusta dominar la situación, tener el control, jugar y mover fichas en ese tablero de ajedrez donde tanto les ha costado disponer a sus peones. Hay algo que ellos no deben olvidar nunca, la sociedad ha sido quien ha creado el Estado como una herramienta para el bienestar, y no al revés, pese a que esto se acabe volviendo en nuestra contra y la destrucción esté arrasando con el fin principal. Como afirmaba Ortega y Gasset, el Estado termina consiguiendo que sea la sociedad la que le sirva a él y no al revés. Lo que tanto tiempo ha tardado en llegar a nosotros, todas esas luchas de clases, esos conflictos con la finalidad de alcanzar esos derechos que nos corresponden como condición humana, acaban siendo destruidos a corto plazo, mientras una parte de la masa común se queda impasible mientras le quitan todo aquello que tanto tardó en alcanzar. Pero la furia humana no tiene límites, cada vez más ciudadanos se dan cuenta del juego, de su posición como peones, y de que no puede dejarse arrastrar por la marea, que hay remos para navegar a contracorriente y hacerse escuchar, porque la libertad es algo difícil de arrebatar. Y cada vez más, esa masa contingente y amplia se va rebelando para no dejarse controlar por unos pocos cuyos intereses son más individuales que colectivos. Craso error de las élites, hay mundo más allá del propio ombligo.

Forgive and forget

Cuando la locura nos aleja de nuestra mal querida razón. Cuando notamos el sudor aplastando la nuca y sentimos diluir nuestra paciencia gota a gota. Cuando ya no se nos reconoce ni en sus ojos, ni en los nuestros ni en los de ellos, cuando no hay más sentido que el de la impotencia. Entonces caeremos en el agujero y sólo nos quedará perdonar y olvidar. Sí aunque te joda, aunque te escinda, aunque te duela, aunque te mute en otra cosa que no seas tú. Aunque traiciones tu sagrada y bien querida esencia, ¡Con lo que yo he sido! No te sobrestimes porque ¡Con lo que todos hemos sido! Tú dirás que no, yo diré que sí y al final acabarás de nuevo en el muro, de me destruyo o perdono. Y perdonarás, hazme caso, que lo harás…¡qué sí!¡ qué no es tan malo! A veces es hasta catársico y racional, y la catarsis y la razón nos gusta muchísimo a todos, o al menos eso fingimos. ¡Ay qué racional! ¡Ay qué evolutivo!, creo que ahora estoy en otra onda, creo que pasé ese escalón…

Pero en realidad por muy edificador que lo vendan es un coñazo, sí, perdonar y olvidar es un coñazo. Bueno al menos el perdón tiene esa parte divertida de la figuración histriónica de puta de cabaret que finge que es el mejor polvo de su vida y entre orgasmo y orgasmo distorsionado va acallando sus ansías de NO PERDONAR, de arrancarse la carne a bocados, de humillarle por haberle hecho esto o aquello, de VENGARSE SIN PLATO FRÍO, EN CALIENTE que es lo que más motiva. Pero no lo harás, como buena puta de cabaret te pondrás tu cartel de orgullo en venta y lo venderás y con el tiempo descubrirás que eso ha estado hasta bien. ¿Acaso tú no te equivocas? ¿Acaso tus dientes no desgarran a otros? ¿Acaso tú no bebes del agua que no es tuya? ¡Venga! ¡Qué todos cometemos errores! ¡Reconoce algo! Ya verás, es una experiencia religiosa…

Luego ya está eso de olvidar. Que ya es el coñazo supremo. Olvidar que te quise, olvidar que te odié, olvidar que soy un exiliado, un parado, un inmigrado, un derrotado… no, el olvido no es cosa de niños, ¿o quizás sí? Desde luego no es para adultos. Tantos fotogramas psíquicos, tanto daño suelto, tanta rabia empuñada… seríamos estúpidos si olvidáramos. Por lo general perdonar debería parecernos bastante más sencillo. Perdonar se consigue queriendo perdonar. Un día es mentira, pero quizás dentro de diez años hayas hecho huir al gusano del rencor a otra manzana torturada… pero olvidar, ¡Eso es imposible! ¡Qué tedio toda la vida memorizando para ahora tener que olvidar! Ríete pero es una putada. Sin embargo España siempre ha ido a contracorriente. Perdonar ha perdonado poco, yo diría que casi nada. ¡Pero olvidar! ¡Ahí sí que tenemos maestría!

El perdón implica un reconocimiento, te perdono y juntos reconocemos un daño. Un daño que nos hicimos y  que queremos dejar atrás. En cambio el olvido  es una escuadra hacia la muerte, hacia la nada. No ha habido daño y por lo tanto no ha habido herida. Es una esquizofrenia horrible porque sin herida oficial tu duelo no tiene sentido, es una crueldad digna de un sádico que se ríe del tormento del otro que no puede ser reconocido en su faceta de atormentado. Y compañeros, o camaradas, ¡esto es España! Nadie tiene que pedir perdón, olvida el daño. ¡Qué estás en paro! Tú no te preocupes y mira para delante, que no hay culpables,  no hay responsabilidad, no hay nada. Tú y tu miseria como siempre ha sido por estos lares  sois los únicos responsables. No se te ocurra decir que oiga llevamos mareando la perdiz de la industrialización tres siglos, que te has estado enriqueciendo de un callejón sin salida sin las más mínima pátina de culpabilidad y que ahora que explota el que lo paga soy yo. No, déjalo y olvida. Y luego si ya eres de esos frikies de los que le apena que no haya debate sobre la república, la memoria histórica, la cultura, el periodismo, la educación… déjalo, olvida…

Olvida que nuestra democracia nace de una derrota y recuerda que fue un ejemplo mundial  de reconciliación nacional, olvida que a todos los que silenciaron porque nos dieron cabezas visibles muy jugosas y con renombre para acallar nuestra ansia de reivindicación bolchevique, ¿no te basta con la Pasionaria, Gallego, Carrillo o Marcelino Camacho?, ¿Qué no te crees que ellos solitos organizaran la resistencia?  ¡Eso es porque eres un descreído! Olvida todo lo que les pasó a los españoles fuera de nuestras fronteras, olvida al anónimo,  olvida a tu abuelo, olvida a tu padre y olvídate a ti mismo, porque entre tanto olvido, te estás desfigurando, están haciendo tambalear tus cimientos y están censurando tu identidad. ¿Qué te parece la narración de la Transición un acto de buenismo casi espurio?  Repito, ¡qué no sabes! ¡Qué en el sombrero del reconocimiento estaban todos los que deberían estar y los que no sus motivos habría para tan nimia omisión!

Y entre tanto omitir, que no se nos olvide olvidar nuestros derechos. ¿No  notas la magulladura de su extracción? Escuece, ¿a qué sí? La sensación  del mutilado que tantos antes que tú han sentido, esos que veías tan lejanos, tan de otra época, tan ajenos a ti. Ahora resulta que todos somos igual de precarios y que eso del progreso fue una falacia de Fraga. ¿A qué te gustaría gritar y pedir una reparación? Pero no, se siente, aquí sólo cabe el olvido, las reparaciones vienen del perdón y eso está cerrado por crisis…en España somos del daño fantasma y ése si no miras no mata, ¿o sí?

Los señores de azul

Momo huía de los señores grises, pero quienes me asustan a mí son los señores de azul que dirigen mi país. Estos señores, grandes, feos y con cara de malas pulgas dicen que juegan a la democracia, pero me parece a mí que se han equivocado de juego, ya que esa democracia de la que hablan tiene otras instrucciones.

En su gobierno “democrático”, dicen que hay que hacer muchos recortes para que nuestro país sea el más poderoso de todos, pero llevan ya unos años con ese mensaje y aquí todavía no se ve ningún avance, es más, parece que cada día el cielo de mi país es un poquito más gris.

Desde hace unos meses, el número de personas de mi país que no trabajen ha ido aumentando hasta una cifra con demasiados números, y no se espera quitar ninguna, sino que probablemente haya más y más ceros. Además, los funcionarios tienen su sueldo reducido y congelado, algunos aspirantes a funcionarios pueden ser despedidos, lo que probablemente haga que aumenten las cifras del temido PARO.

Los señores de azul, que antes de ser elegidos en unas elecciones donde muchos no quisieron ir a votar, dejando por delante una mayoría “absoluta” más que relativa, dijeron que no iban a subir los impuestos. Sin embargo, esta fue su primera mentira, y al PARO y la CONGELACIÓN de salarios, se les ha unido una montaña de impuestos que hacen muy difícil la subsistencia de muchas de las personas de mi país.

Mis gobernantes, que tienen tijeras en lugar de manos, han decidido afianzar su poder con una serie de reformas más profundas, que casi nos han hecho viajar físicamente en el tiempo, ya que políticamente hemos retrocedido unos cuantos siglos. Estas medidas, eso sí, dicen que son necesarias, ya que todas las personas que vivimos en este país debemos hacer un gran esfuerzo. Por ello, nos espera una dura REFORMA LABORAL, que, lejos de reducir el temido PARO, lo incrementará, mientras los señores de azul y sus amigos se llenan los bolsillos un poquito más.

Además, como buenos ciudadanos hemos de acatar estas decisiones y no revolucionárnos mucho, ya que sino, los señores de las porras, que se encargan de cumplir las órdenes de los que gobiernan, pueden darnos medicina de palo y llevarnos a un lugar frío y enrrejado. No es bueno enfadar a los señores de azul.

Los señores de azul también son los dueños de una cosa llamada medios de desinformación, unos sitios donde todo lo que dicen estos señores se reproduce para que todos las personas de este país podamos verlo, entenderlo y asumir que es lo único plausible.

Este es el dibujo de mi país, un poco triste y muy gris, donde las personas que nos levantamos con ganas de vivir y trabajar, tenemos muchos obstáculos que superar cada día. Acatar lo que dicen los señores de azul, sería fácil sino tuviese oídos, ya que últimamente me he enterado de que estos señores son unos mentirosos. Sí, sí, muy mentirosos.

Empezaron mintiendo cuando salían en unos grandes carteles pidiendo una cosa llamada voto. Volvieron a mentir cuando dijeron que mis papás no tendrían que pagar más impuestos, pero de regalo de Navidad la vida en mi país se encareció mucho mucho.

Ahora ya han dejado de mentir, porque las mentiras se les han quedado cortas, así que han decidido decir la verdad. A mí esta verdad no me gusta, porque dicen que la escuela y el hospital no serán tan bonitos como ahora, dicen que los jóvenes no podrán aspirar a un futuro digno, y dicen que tenemos que callar para que nuestro país avance.

Pero ellos siguen viviendo igual, con muchos coches oficiales, casas muy grandes y viajes muy caros. Todos esos señores tienen muy poca vergüenza y ya ni siquiera les importa que la gente se marche de este país de locos. Lo único que les importa es que sus carteras estén más y más llenas cuando se van a dormir, para que puedan contar sus billetes y reírse de los ciudadanos desde sus camas de oro.

Sin embargo, los señores de azul deberían tener cuidado, porque la gente está muy enfadada y solo quiere gritar. La población no puede atenerse a más sinrazones que la opriman, porque muchos de nuestros abuelos ya murieron por conseguir lo que a nosotros nos quieren robar, porque se levantan cada día para trabajar y disfrutar de una vida que les quieren arrebatar.

Yo, como el resto de las personas de mi país quiero luchar y soñar, no quiero emigrar, quiero viajar por placer, porque me gustaba más mi país cuando el cielo era azul y las personas felices. No quiero mendigar, quiero trabajar y que sea reconocido dignamente. Quiero poder crecer como persona, no como un perro en la calle. Y, por encima de todo, quiero que esos señores de azul, que gobiernan mi país y tienen en sus manos todo el poder político, empresarial y económico se paren a pensar que deben cambiar ya, deben dejar de mentir, porque sino, todas las personas de esta España triste y hundida saldremos a la calle a reclamar aquello que nos pertenece.

 

 

La Generación de la Resistencia y los Dinosaurios

Muchos intentaron borrar la resistencia de nuestro código genético. Nos llamaron ni-nis, la generación de las consolas, del botellón, de Internet… Nos dibujaron pasotas, mimados, con todo hecho, comido y mascado, sin algo así como la cultura del esfuerzo. Nos vistieron sin valores y con la banalidad por bandera. Nos redujeron a un personaje mal hilado, que no cuadraba ni en una serie cutre de sobremesa. Y de esa caricatura mal trazada se les emborronó una línea, y luego otra y otra, y otra más. Y los ni-nis tomaron las calles, pidieron la palabra y dijeron ya basta de descriptores, ahora nos enunciamos nosotros. Y sus yoes, nuestros yoes, se armaron desde la resistencia a ese ángulo falaz que se alzó con la fuerza de una biblia para cantar el dogma de no hay mejor juventud que la que vivimos nosotros. Y así, contra todo pronóstico somos hijos de la disidencia.

Quemados de los discursos de los dinosaurios de la Transición. Dinosaurios que siempre olvidan a esos otros que lucharon antes que ellos, que defienden la gloria de la creación de algo que ya nos dejan hipotecado y que quieren vivir siempre de las rentas de la “Heroica Transición.” Heroica y olvidadiza,  heroica y poco exigente con la memoria de aquellos cuyo nombre jamás será escrito en ninguna calle y con el futuro de esos otros que parece que deben aceptar ser la generación perdida. Pero no nos da la gana. Porque fuisteis vosotros los que os doblegasteis a Botín, fuisteis vosotros los que pretendisteis vivir de las rentas de la burbuja inmobiliaria hasta que una aguja traicionera la explotara y fuisteis vosotros los que condenasteis a nuestros muertos al olvido en la cómoda ambigüedad de la reconciliación… porque ya se sabe que el padre de la democracia fue Manuel Fraga, y resulta que ya estamos hartos de falacias, por favor llamemos a la historia por su nombre…

Nacimos  en 1989 cuando toda oposición se suponía conjurada por la palabra democracia, pero resulta que no, que nos la habéis robado. Que la palabra con la que crecimos ha cambiado, es otra, se ha vuelto perezosa y policial y así no era… No era esa la idea del 14 de abril del 31, no era la idea de Peces Barba y, por supuesto, no es la nuestra  ¿Tenemos que aceptar que esa democracia no era más que un gigante de barro, una carcasa que fingió conciliar pus y odio y enunció una bonita idea de ciudadano que hoy ya no es más que papel mojado? ¡Qué no! ¡Qué no nos convencéis! ¡Qué no nos da la gana! ¡Qué nos gusta la solidaridad y el punto de partida equitativo! ¡Qué la redistribución es nuestro lema! Por algo somos hijos de la resistencia, de esa resistencia que se pudre en las cunetas, que se cubrió de telarañas en el exilio, y que se quema en las consignas de los sindicatos… porque nos podrán quitar la palabra, la enunciación y hasta el derecho al trabajo pero nunca nos robarán la resistencia al olvido y  a las descripciones falaces… en definitiva, la resistencia a la barbarie maquillada de derecho legítimo, de modernidad, y de “progreso”.  Y también hacia las cabeceras bárbaras disfrazadas de socialdemócratas…ya que no hay nada más peligroso… pero eso mejor para otro día…

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